El sí de las niñas de Moratín

 Al autor Leandro Fernández de Moratín (1760-1828) se le considera como el representante más brillante del teatro español del siglo XVIII y el prototipo de autor afrancesado. Conserva las reglas literarias de tres principios del teatro clásico francés, es decir, unidad de tiempo: la acción no debe transcurrir en un periodo superior a las 24 horas, unidad de espacio físico: la obra debe representarse en un espacio físico único, y unidad de acción: la obra debe seguir el curso de una única acción principal, sin desviarse en acciones secundarias, esto es, debe contar una sola historia.

 Esta obra corresponde a la época transitoria del barroco al neoclásico de la literatura española y las principales características de la obra son las mismas que las postuladas para el teatro de la ilustración, alejándose de las autoridades tradicionales como la Biblia y la teología: así procura entender el mundo por la sabiduría basada en la razón. La primera representación de esta obra teatral, realizada en 1806, se mantuvo durante 26 días consecutivos, alcanzando más de 37 mil espectadores, aunque en 1815, con la restauración del rey Fernando VII, la Inquisición española encontró motivos para prohibirla.
 El argumento de la obra es como sigue.
 En una posada de Alcalá de Henares, están el viejo don Diego y doña Irene, de regreso a Guadalajara, a donde han ido a buscar a doña Francisca, la cual se está educando ahí en un convento, y ha sido pedida en matrimonio por don Diego. Al comenzar la acción, don Diego habla con su criado Simón, y deja traslucir que va a haber boda pronto, que será él, quien se case con una jovencita de dieciséis años. Llegan doña Irene y su hija y se entrevistan con don Diego. Doña Irene amonesta a su hija por la frialdad que manifiesta hacia don Diego, cuyo elogio le hace una vez más. Doña Irene le comunica a don Diego sobre sus barullos de que Francisca quiere ser monja, y él piensa que ello puede deberse al deseo de evitar aquel matrimonio, porque no le complace. Pregunta a la muchacha, y la madre interviene para apartar tales sospechas, pero el caballero la hace callar, Paquita (Francisca) está atormentada. Francisca, por obediencia a su madre no recoge esta generosa invitación a la sinceridad, no dice que sí, tampoco niega, y doña Irene contesta por ella. Don Carlos va en búsqueda de Paquita, se entrevista con ella y le promete que no permitirá la mentada boda. Carlos viene dispuesto a impedir la boda, pero este se da con la sorpresa de que don Diego es su tío. A raíz de esto, Carlos indica su retorno al regimiento, Paquita se queda desconsolada al enterarse de que su amado se ha ido sin anunciarle siquiera la marcha. De madrugada, don Carlos le sigue en Alcalá, da una serenata a Paquita y le arroja un mensaje escrito, el cual será recogido por don Diego. Este fielmente comprueba el amor de Paquita y su sobrino, y opta racionalmente por ceder su lugar a Carlos. La obra concluye con la bendición de don Diego para la unión de los jóvenes amantes.

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