El Condenado por Desconfiado, de Tirso de Molina

 Tirso de Molina (¿1579?-1648) es considerado como uno de los tres grandes maestros del Siglo de Oro español, junto con Calderón de la Barca y Lope de Vega. El autor es famoso por la creación del mito de Don Juan en El burlador de Sevilla, pero era religioso mercedario y se dice que El Condenado por Desconfiado es probablemente el mejor drama teológico escrito en español.


 El resumen de esta obra teatral es como sigue:


 Paulo, ermitaño, está encerrado en una montaña durante más de diez años, disfrutando de la soledad apacible y deleitosa, y dice: “Si esta gloria da el suelo, ¿qué gloria será aquella que da el cielo?” Pero, una noche, tuvo una pesadilla de muerte cruel y le siguió otro sueño similar. Él comienza a preguntarse si ha de ir al cielo o al infierno. Entonces aparece el demonio disfrazado de ángel y le manda que vaya a Nápoles a ver a un hombre llamado Enrico e imite sus acciones y obras, porque así tendría el mismo fin que él tuviera. Pensando que Enrico debía ser algún santo, Paulo desciende de la montaña y se dirige a Nápoles. Pero Enrico, a quien ha encontrado en Nápoles, era un hombre malvado que cometía asesinatos y violaciones. Paulo, asustado y desesperado, vuelve a la montaña y se convierte en un bandolero para seguir los pasos de Enrico.


 Enrico era malvado, pero siempre afectuoso con su padre desde la niñez. Ahora también se preocupa mucho por su padre encamado. Cuando se encuentran Paulo y Enrico, éste dice que pese a ser un hombre malvado, no abandona la esperanza de ser salvado por Dios, pero Paulo manifiesta su duda de salvarse por Dios debido a sus graves pecados.


 Enrico es condenado a la horca por sus asesinatos. El diablo se acerca a Enrico encarcelado y le aconseja que salte del postigo para librarse, pero Enrico escucha la voz de que si sale ha de morir, y si se queda vivirá. Y su padre viene a verle. Le dice que no quiere que le reconozca como padre un hijo que no cree en Dios. Enrico confiesa todos sus pecados pasados y el padre se lo encomienda a Dios. Así el alma de Enrico sube al cielo conducido por dos ángeles.


 Por otra parte, Paulo viene rodando por el monte, perseguido por un escuadrón de gente armada para vengarse contra los daños sufridos. Al oír que Enrico fue ahorcado en la plaza de Nápoles, Paulo imagina que ahora estaría él en el infierno. Tras ser atormentado por las flechas y los dardos, Paulo fue sometido al suplicio del fuego. Y se muere guardando rencor a sus padres que le han traído a este mundo.


 Aquí aparece la tesis de que el que hasta en su último momento confía en la misericordia de Dios, se salva por mucho que haya pecado; el que desconfía de la divina misericordia y la rechaza y quiere que Dios le dé el cielo que cree haber ganado por sus virtudes y penitencias, se condena como Paulo. La teoría de la predestinación es casi fatalista. Molina sostiene que el libre albedrío es de máxima importancia ya que no le falta al hombre ni en el estado de gracia ni en el pecado.


 Al comentar antes sobre La vida es sueño, de Calderón de la Barca, me he referido también a TANNISHO, palabras de Shinran sobre el Camino de la Tierra Pura (1288), pero esta obra de Tirso de Molina precisamente nos recuerda el capítulo tercero de TANNISHO : “Si incluso una persona buena puede alcanzar la Tierra Pura, cuánto más una persona malvada.” Aquí “personas buenas” son aquellas que piensan, debido a su vanidad, que pueden solucionar el asunto de su gloria eterna por su propio poder gracias a la bondad que practican. Y “personas malvadas” no tienen el significado común de ir contra la ley o la moral, sino que se refieren a las personas mundanas y no santas, incapaces de librarse de las pasiones ciegas con sus medios, con su propio poder. Amida Buda tuvo misericordia de todos y estableció el Voto Prístino para salvar a los malvados. Por lo tanto, nosotros, los malvados que nos encomendamos a Él, vamos a ser salvados con mayor razón. El budismo – o Buda – es para quienes no pueden alcanzar la iluminación por sí solos.


 Esto recuerda también aquel versículo del Evangelio de san Marcos que reza así: “Y oyéndolo Jesús, les dijo: «no tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores».” (Mc 2, 17).

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