El libro de arena es el último de los 13 cuentos que publicó el escritor argentino, Jorge Luis Borges, en 1975. El había publicado anteriormente La biblioteca de Babel, en el cual describía una biblioteca infinita, poblada por infinitos libros que contenían infinitas veces todos los textos posibles. En este cuento se expresa la fantasía de que todos los libros existentes en el mundo están incluidos en este libro único.

Yo, el narrador de este cuento, vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y vi a un hombre alto y melancólico quien dijo que vendía biblias. Le expliqué que yo tenía ya unas biblias, pero él sacó de su valija un volumen de peso sorprendente que sin duda había pasado por muchas manos. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay. Creyendo que era del siglo diecinueve, lo abrí al azar. Tanto los caracteres como la numeración de las páginas me eran extraños. El desconocido me dijo: “Mírela bien. Ya no la verá nunca más.”
Me fijé en el lugar y cerré el volumen. Inmediatamente lo abrí. En vano busqué la figura del ancla, hoja tras hoja. Le dije que se trataría de una versión de la Escritura en alguna lengua indostánica. El replicó que no, y luego bajando la voz como para confiarme un secreto: lo adquirí en un pueblo, a cambio de unas rupias y de la Biblia. Su poseedor no sabía leer. Sospecho que en el Libro de los Libros vio un amuleto. Era de la casta más baja. Me dijo que su libro se llamaba el Libro de Arena, porque ni el libro ni la arena tienen ni principio ni fin.
Me pidió que buscara la primera hoja, pero yo no podía. Ahora busque el final, dijo, pero también fracasé. El número de páginas de este libro es exactamente infinito. Ninguna es la primera; ninguna, la última. Cuando le pregunté si no se proponía ofrecer este curioso libro al Museo Británico, contestó él que quería que yo lo comprara. El fijó una suma elevada, yo le ofrecí el monto de mi jubilación que acabo de cobrar y la Biblia de Wiclif heredada de mis padres. El hombre se fue esa noche y no he vuelto a verlo ni sé su nombre.
No mostré a nadie mi tesoro. A la dicha de poseerlo se agregó el temor de que lo robaran, y después el recelo de que no fuera verdaderamente infinito. De noche, en los escasos intervalos que me concedía el insomnio, soñaba con el libro. Antes de jubilarme trabajaba en la Biblioteca Nacional y conocía bien su interior, por lo que un día aproveché un descuido de los empleados para perder el Libro de Arena en uno de los húmedos anaqueles de la Biblioteca.

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