FANTASÍAS VASCAS de Pío Baroja

 Pío Baroja (1872-1956), vasco escéptico, es un novelista que se dedicó, tras cursar las ciencias médicas, a escribir excelentes relatos. Ya he presentado en esta columna El mundo es ansí del mismo autor y ahora me gustaría escoger dos relatos de su obra Fantasías vascas, que es un compendio de diecisiete relatos.

País vasco

 En la zona de los Pirineos donde habita desde los tiempos antiguos la vieja raza vasca, hay todos los paisajes, hay todos los aspectos de la Naturaleza. Hay montes altos poblados de robles y de encinas, hay valles estrechos con pueblecitos en el fondo rodeados de campos de maíz, hay caseríos muy blancos, ocultos entre el follaje. Hay también, hacia Castilla, llanuras extensas, campos de trigo inacabables. Además, hay las perspectivas del Cantábrico a lo lejos. Yo recuerdo, cuando era médico de pueblo, las mañanas en que salía a caballo a hacer mi visita. En la cumbre veía todo el valle lleno de brumas blancas, azul como un zafiro.

 Aquellas brumas de los montes son un recuerdo indeleble. Por otra parte, siento un profundo desdén por la vida de las ciudades que se llama civilización. Yo no sabría definir de un modo sintético el carácter de los vascongados; sí sé que casi todos tienen un fondo guerrero, que casi todos en el campo tienen algo de bruma en su cerebro, que hablan poco, que peroran poco., que son serenos, pensativos y silenciosos. Un santo que representa la voluntad de la raza es San Ignacio, un militar que representa su instinto guerrero: Zumalacárregui, un político Legazpi, un hombre que da la vuelta al mundo Elcano. De ninguno de estos hombres queda una frase, de ninguno de ellos queda un discurso; todos fueron parcos en el hablar y abundantes en el ejecutar; todos fueron individualistas, ninguno hizo una labor social; y es que el vascongado en el fondo es anárquico. Silenciosos, antisociales, los vascos, cuando quieren entenderse con los demás cantan. No ha habido un orador vascongado; el orador allí se ha convertido en músico o en poeta

El viejo y su canción

 Yo soy un hombre que ha salido de su casa por el camino sin objeto, con la chaqueta al hombro, al amanecer, cuando los gallos lanzan al aire su cacareo y las alondras levantan su vuelo sobre los sembrados. De día y de noche, con el sol de agosto y con el viento helado de diciembre, he seguido mi ruta, al azar, para entretener mi soledad, cantando, silbando, tarareando canciones alegres y tristes, según el humor. A veces, al pasar por delante de una casa del camino, cantaba más alto, gritaba, quizás queriendo ser escuchado, pensando que alguna ventana se abrirá y aparecerá un rostro simpático y jovial. Pero no se abría ninguna ventana, no salía nadie; yo insistía cándidamente, y al insistir iban brotando de aquí y de allá caras torvas.

 Discurrí que quizá yo les he ofendido y me llenaban de angustia y de inquietud. Entonces intentaba acercarme a la ciudad; después de muchas dificultades, poco a poco me dejaron entrar en la ciudad, pero dentro de las calles me sentí ahogado, estrechado, sin poder respirar, y volví de nuevo al campo. Algún camarada me dice《Descansa aquí. ¿Por qué no vivir entre las gentes? Hay remansos tranquilos, hay rincones donde no se miran unos a otros con faz torva y amenazadora.》 Yo respondo:《Soy un hombre de paso, algo que se mueve y no arraiga, una gota de agua en el mar.》

 Ahora la soledad no me entristece, ni me asustan los murmullos misteriosos del campo, ni graznido de las cornejas. Ahora conozco el árbol en que cantan los ruiseñores, y la estrella que lanza su mirada confidencial en la noche. Ya encuentro suaves las inclemencias del tiempo y admirables las horas silenciosas del crepúsculo.
Y así sigo con la chaqueta al hombro, por este camino que yo no he elegido, cantando, silbando, tarareando. Y cuando el Destino quiera interrumpirlo, que lo interrumpa; yo, aunque pudiera protestar, no protestaría…

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