El ramo azul es el primer cuento incluido en Arenas movedizas publicada en 1949 por Octavio Paz, poeta, crítico y diplomático de México. Paz llegó al Japón, siendo aún joven, como Encargado de Negocios y tenía un gran interés en Japón. Tradujo Sendas de Oku de Matsuo Basho al español junto con el diplomático japonés Eikichi Hayashiya.

Desperté, cubierto de sudor. Salté de la hamaca y descalzo atravesé el cuarto, cuidando no pisar algún alacrán y aspiré el aire del campo. Se oía la respiración de la noche. Me froté el torso y las piernas con el trapo empapado, me sequé un poco y, tras de cerciorarme que ningún bicho estaba escondido entre los pliegues de mi ropa, me vestí y calcé. En la puerta del mesón tropecé con el dueño, sujeto tuerto y reticente. Sentado, fumaba con el ojo entrecerrado. Con voz ronca me preguntó a dónde iba yo. Contesté que iba a dar una vuelta, porque hacía mucho calor. Dice él que todo está ya cerrado y no hay alumbrado, pero alcé los hombros y musitando <ahora vuelvo> y me metí en lo obscuro. Al principio no veía nada. Caminé a tientas por la calle empedrada. Encendí un cigarrillo. De pronto salió la luna de una nube negra, iluminando un muro blanco. Me detuve, ciego ante tanta blancura. Sopló un poco de viento. Respiré el aire de los tamarindos. Vibraba la noche, llena de hojas e insectos. Los grillos vivaqueaban entre las hierbas altas. Alcé la cara: arriba también habían establecido campamento las estrellas. Pensé que el universo era un vasto sistema de señales, una conversación entre seres inmensos.
Caminé largo rato, despacio. Al cruzar una calle, sentí que alguien se desprendía de una puerta. Me volví, pero no acerté a distinguir nada. Apreté el paso. Sentí que la sombra se acercaba cada vez más. Intenté correr. No pude y me detuve en seco. Antes de que pudiese defenderme, sentí la punta de un cuchillo en mi espalda y una voz dulce dice que no me mueva. Sin volver la cara pregunté qué quiere. Entonces la voz suave, casi apenada, contestó “¡Sus ojos!” “¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.” El joven dice: ”No lo mataré. Nada más voy a sacarle los ojos.” “Pero ¿para qué quieres mis ojos?” “Es un capricho de mi novia. Quiere un ramito de ojos azules.” “Mis ojos no te sirven. No son azules, sino amarillos.” “Ay, señor no quiera engañarme. Bien sé que los tiene azules.” “No se le sacan a un cristiano los ojos así. Te daré otra cosa.” “No se haga el remilgoso. Dé la vuelta.”
Me volví. Era pequeño y frágil. El sombrero de palma le cubría medio rostro. Sostenía con el brazo derecho un machete de campo, que brillaba con la luz de la luna.
“Alúmbrese la cara.” dice. Encendí y me acerqué la llama al rostro. El resplandor me hizo entrecerrar los ojos. El apartó mis párpados con mano firme. No podía ver bien. Se alzó sobre las puntas de los pies y me contempló intensamente. La llama me quemaba los dedos. La arrojé. Permaneció un instante silencioso.
“¿Ya te convenciste? No los tengo azules.” “Ah, qué mañoso es usted. Encienda otra vez.”
Froté otro fósforo y lo acerqué a mis ojos. Tirándome de la manga, me ordenó, “Arrodíllese”. Me hinqué. Con una mano me cogió por los cabellos, echándome la cabeza hacia atrás. Se inclinó sobre mí, mientras el machete descendía lentamente hasta rozar mis párpados. Cerré los ojos. “Abralos bien”, ordenó. Abrí los ojos. La llamita me quemaba las pestañas. Me soltó de improviso. “Pues no son azules, señor, Dispense.” Y desapareció. Me incorporé y a tropezones, cayendo y levantándome, corrí durante una hora por el pueblo desierto. Cuando llegué a la plaza, vi al dueño del mesón, sentado aún frente a la puerta. Entré sin decir palabra. Al día siguiente huí de aquel pueblo.

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